Lo estoy pasando mal.
No tengo ganas ni de escribir. Hace algo más de una semana que me operaron la rodilla y ese mismo tiempo el que he permanecido prácticamente postrado en la cama, con dolores.
Pongo la tele…. Me aburre….
Intento leer y me sorprendo releyendo el mismo párrafo una y otra vez sin lograr concentrarme.
De ponerme a estudiar ni hablamos…
Para agravar la situación, resulta que
ELLA, viendo que estoy con la guardia baja, se ha presentado en mi vida sin avisar. Me tortura con sus especulaciones sobre el desenlace de mis heridas ¿Y si debajo del abultado vendaje se está produciendo algo que no se debería producir y por eso me duele tanto? ¿Y si después de todo no voy a poder recuperar la movilidad al cien por cien?
Y para colmo, el médico ha confundido la presencia de ELLA, con bajadas de tensión producidas por los calmantes… por lo tanto no puedo tomar calmantes.. y si no tomo calmantes el dolor no se calma..
Así que aquí estoy aguantando el tirón a pelo… sin nolotil.
Me he acordado mucho de mi padre. El estuvo en hospitales durante dos años hasta que murió. Un hospital es el contexto dónde se desarrollaron los últimos años de su vida.
Y ahora la parte positiva de todo esto.
Jamás me hubiera imaginado la cantidad de gente que se ha prestado a ayudarme en estos momentos. Prácticamente no me tengo que preocupar de nada. Hay amigos que me llaman o se interesan a diario. Hay otros que se han ofrecido a llevarme todos los días a rehabilitación. Pedro dice que cuando pueda ir a trabajar el viene a buscarme a casa y me lleva… vive a 40 kilómetros de mi casa. Mi cuñado se ocupa de llevar a las niñas al cole y mi suegro se ocupa de transportarme a mí al médico o a lo que haga falta.
Diana la pobre se tiene que ocupar de todo ella sola, de la casa, de las niñas, de mí. Yo intento no dar mucha guerra pero hay cosas que no puedo hacer yo solo.
Claudia se acerca cuidadosamente y me toca levemente la pierna con los dedillos juntos, las cejas arqueadas y despacito me pregunta con sus
palabras de gominola si me duele la pupa, entonces coge su jeringuilla de juguete y me pone una inyección para que no me duela. Esto todos los días.
Lucía, que es más mayor y más consciente de lo que me está pasando, me da jarabes y abrazos de los que quitan el dolor. Yo creo que ella está convencida de que sus abrazos y sus besos me quitan de verdad el dolor y lo hace con mucho ímpetu y dedicación. No le falta razón.
Las pocas veces que me puedo levantar, Lucía se apresura a acercarme las muletas y tanto ella como su hermana me acompañan allá donde vaya para que no me caiga.
Cuando salen a dar un paseo nunca se les olvida traerme algunas flores que cortan en el campo.
Me siento querido.